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Texto: Carmen Manresa
Fotografías: Gentileza del Estudio de Nicola Constantino

Parece sacada de una película, tal vez del cine en blanco y negro que marcó la infancia de tantos. Pero lo de ella son las artes plásticas en todas sus expresiones, porque ya no le teme a la crítica ni al qué dirán. Escultura, instalaciones, fotografía y videoinstalaciones, todo está a su alcance pues tiene un talento innato que la respalda. Por lo mismo, esta artista rosarina fue una carta segura para representar a Argentina en la 55º Bienal de Venecia, donde desplegó una particular mirada sobre Eva Perón, la mítica figura del siglo XX en la que venía trabajando desde hace un par de años y que ella misma personifica para revivirla, multiplicarla y desmaterializarla.
“Es un sueño para cualquier artista”, reconoce sobre esta experiencia, mientras deambula por su casa-taller en Buenos Aires. Sin embargo, algunos contratiempos le dejaron cierto sabor amargo, sobre todo el espacio institucional que el Gobierno Nacional agregó a su montaje, con una serie de videos que, a su juicio, resultaban muy didácticos e innecesarios. “Es una pena que se haya opacado la obra y se haya llevado la atención a este conflicto”, reflexiona sobre este episodio. Pero Nicola no se desanima, con el mismo carácter que tuvo para protestar y desconectar todo ese salón informativo, enfrenta hoy sus próximos proyectos artísticos.

-¿Cómo fue el camino hasta llegar a Venecia?

Fue una llegada un poco extraña, porque hacía dos años que estaba haciendo la obra, primero para el Teatro Colón y luego para el Centro de Arte Experimental, donde finalmente no se pudo mostrar. Así que me puse a buscar otro lugar y fui a ver al director del Museo Nacional, al que le encantó el proyecto y justo empezaban a ver quién iba a ir a Venecia, donde hay que presentar algo inédito e importante porque es un pabellón muy grande. El problema fue que no recibí la confirmación hasta el 6 de marzo y el 6 de mayo comenzaba el montaje. Fue un milagro llegar con todo.

-¿Por qué elegiste e Evita para esta obra?

Todos tienen su información sobre la figura de Evita, su impresión, y a mí me interesa mucho trabajar con lo que la gente tiene como información y qué pasa cuando ve una reinterpretación mía. Y le puse “Rapsodia Inconclusa” porque para mí era como la historia de una heroína romántica, que empieza con todos los sueños de una Eva joven, plasmando esa fantasía que se hizo realidad y que terminó tan trágicamente. Tenía la gran posibilidad de explorar problemas de la figura de Eva Perón en cuanto a la representación, porque es una figura muy fuerte, pero siempre representada de la misma manera. Siempre se muestran extremos, a favor y en contra, y yo lo hago desde un punto de vista más ambiguo, más íntimo y más emotivo.
-¿Cómo investigaste ese lado más íntimo?
Cuando hice la investigación sobre la época, traté de imaginar lo que era la realidad para una mujer de los años 40, cuando era joven, y me di cuenta lo difícil que es entender esa realidad para los que nacimos en los 60 y fuimos criados en otra filosofía, de libertad de todo tipo, sobre todo en lo sexual y en la igualdad de sexos. También descubrí cómo necesitaban las mujeres de ese tiempo, y particularmente Eva, construir una imagen con su vestuario. En ese sentido, ella fue un genio.

-Podríamos decir que fue una adelantada en cuanto al diseño de un líder.

Exacto y ella fue la primera mujer que lo hizo, pero en forma muy intuitiva. Ella fue uno de esos genios que a mí me interesan, los verdaderos, los más auténticos, que además crean una jurisprudencia en el asunto. La hostilidad de ese ambiente tan retrógrado que teníamos, Argentina parecía el medioevo y era necesario cambiarla.

-El hecho de convertirse en un líder, casi a la par de Perón, tiene que haber molestado a muchos.

Cada aparición de ella era un shock. Trato de imaginarla en el Colón con esos vestidos, y todas esas sensaciones que fui clarificando cuando leía e investigaba fueron las que quise rescatar. Son sutilezas, como otro recorrido por las cosas importantes en ella, aunque parezcan menos importantes. Cuando se habla de Eva, la obra política es el gran tema, pero yo ni la miré. Por otra parte, ella era una provocadora innata, con su presencia, su figura y su obra generaba un desconcierto en el ambiente del poder.

-Su figura tiene la particularidad de generar amor u odio. ¿Cómo enfrentaste esa ambivalencia?

Eso tiene que ver también con mis recuerdos de la infancia. Desde chiquita escuché hablar los extremos más terribles sobre Evita, y sentía que los dos tenían razón, me preguntaba cómo podía ser una mujer de formas tan opuestas y tan auténticas todas. Es un concepto que apliqué en la primera instalación, donde son múltiples figuras de Eva que interactúan. La segunda instalación es en su dormitorio y se va transformando a través de su vestuario, pasando de esa mujer de los años 40, que tiene algo de ordinaria con esos vestidos floreados y peinados de bananas, hasta convertirse con los años en esa especie de reina vestida de blanco y con el rodete tirante.

-¿Y quedaste conforme con esta Eva resignficada desde el lenguaje del arte contemporáneo?

Sí. Las primeras instalaciones son utilizando su imagen, donde estoy yo representándola, pero después se va desmaterializando su figura y toma más importancia la emoción y ahí creo que hay una transformación de ideas. Pasando a la tercera instalación, que es un objeto máquina inspirado en el mito que cuando ella ya no podía mantenerse en pie, mandó a hacer ese arnés para salir a saludar al pueblo. Resultó un objeto muy impresionante, porque está como poseído por esa energía de una Eva que no quería morir. Es desesperante ver esa máquina que choca contra las paredes, pero ahí le doy importancia a esa cosa impulsiva de ella, más salvaje, más rebelde, algo que muchas veces se lo catalogó como algo malo de ella y que para mí, sin embargo, es una de las cosas que más me emociona, que te hace querer más su figura. En la última instalación trato de hacer callar el juicio, porque ahí lo único importante es el sentimiento que generó la pérdida, el dolor, el desconsuelo que representa esta montaña de lágrimas de hielo, como las personas que la lloraron a su muerte.

-¿Qué pasó con los videos institucionales que puso el gobierno?

Como tenemos un gobierno peronista y la presidenta está obsesionada con la figura de Eva, pidió que pusieran un material más didáctico. Con el curador (Fernando Farina) tratamos de explicarles que esto no iba a quedar bien, que era mejor que no se agregara. Pensé que iban a tener una actitud más razonable y que no lo iban a hacer, y la verdad es que yo no estaba al tanto de lo iba a haber ahí adentro. Una semana antes de la inauguración pusieron una habitación con pantallas y videos, pero yo los vi el día de la inauguración.

-¿No te dio curiosidad verlos antes?

No me los dejaron ver, nunca me los mandaron, no me contestaban los mails. Yo preguntaba: ¿qué van a hacer?, ¿qué van a poner?, ¿nos podrían mostrar los videos?, porque yo quería opinar y pensaba que me podía afectar algo que no fuera de mi autoría. Tampoco estaba muy claro que yo no estaba de acuerdo con eso, o sea, que fue una situación frente a la que tuve que hacer algo. A los dos días de la inauguración, recibí muchos comentarios muy malos de curadores internacionales y de periodistas, que me decían “tenés que hacer algo, no podés dejar eso así”. Creo que fue una pena.

-¿Fue entonces cuando pusiste el letrero en la entrada del salón?

Primero puse un cartel que decía “Espacio informativo institucional”, y al día siguiente escribí un graffiti que decía “La artista y el curador no están de acuerdo con esto”, y desconectamos los videos y quedó desconectado hasta el día de hoy. Duró los días de inauguración, que son los más importantes, porque pasa la prensa y los curadores más destacados.

-Y el arte no necesita explicaciones.

No, no se explica. Yo ni siquiera quería que apareciera la figura de Eva, porque estaba tratando de desmaterializarla, y de pronto aparece este video didáctico. La figura de Eva es muy fuerte, muy pregnante y avasalladora, y si habías entrado en alguna sutileza, después ver eso era contradictorio.

-¿Es cierto que un curador te dijo que esto te perjudicaba para estar dentro de los premiados de la Bienal?

No, lo de los premios es muy relativo, pero la verdad es que ese pabellón no se podía premiar. Así como está es mal visto por mucha gente, por muchos curadores, y la verdad es que no estaba para ser premiado.

-¿Te quedaste con un gusto amargo de esta experiencia?

Sí, un poco. Es una pena que se haya opacado y se haya llevado la atención a este conflicto, que entorpece la experiencia de la obra. Creo que si yo hubiera nacido en Suiza esto no me pasaba, pero tampoco habría tenido una Eva Perón. Somos lo que somos y me parece que es algo que viene con la figura de Eva, que genera estas cosas. Con este personaje te pueden pasar cosas así.

-Pero vos ya viviste otras polémicas con tu obra, como los jabones que hiciste con tu grasa. Parece que te gusta trabajar al límite…

Creo que fueron cosas extra artísticas. Por el tipo de obra que me interesa, es algo muy natural para mí llegar al límite, incomodar un poco, pero tampoco me voy para el otro lado, no es algo escandaloso o provocador. A veces el cine o la literatura entran en terrenos de violencia que no te provocan nada, pero con una obra de arte en un museo es más raro. Está poco domesticada la relación del espectador con el arte, lo que está buenísimo porque es una experiencia y hay que dejarse invadir por ella.

EL MOTOR CREATIVO NO PARA

-Con el tiempo te has convertido en protagonista de tu obra. ¿Cómo fue ese proceso?

En realidad nunca imaginé que iba a terminar haciendo esto. Cuando termino un proyecto quedo con ganas de cambiar. Cuando estuve haciendo objetos de piel en los 90, luego los animales, las bolas, las tuberías de nonatos, las máquinas para nonatos y los jabones, fueron producciones muy fuertes para mí. En 2004 yo ya había cambiado y quería otra cosa, por lo que empecé a hacer fotografía, siempre muy relajada, sin tener la ambición de hacer el gran proyecto. En realidad quería hacer una selección de imágenes y me interesaba hacerlo desde lo actoral, encarnar yo al personaje, nunca me interesó buscar un modelo, dirigirlo y sacarle la foto. Eso me fue llevando a las videoinstalaciones y pasé a la producción de “Trailer”, que es la historia de mi doble y yo, una obra sobre mi vida y la maternidad. Cuando terminé, pensé en esta producción de mayor complejidad, que tuviera una parte con videoinstalación, pero también objetos y esculturas.

-Me parece que conviven en tu obra la opción estética y un intento de autoconocimiento.

Creo que tengo el interés de encarnar al personaje desde lo actoral y ahí existe un trabajo con uno mismo. Me gusta mucho la idea de trabajarlo desde la plástica, nunca lo haría desde un texto, con guión y voz, es como un paso antes del cine o el teatro.

-Pensé que tu próximo paso sería el cine, porque sos muy cinematográfica. ¿Podría ser entonces desde la dirección de cine?

Me interesa, pero jamás haría una película tradicional. Estoy pensando proyectos para tomar una estructura de película, pero hacerla multiplicada en muchas escenas que puedan estar pasando al mismo tiempo. Me encanta el cine, pero para desarmarlo todo, jamás lo haría como una película convencional. Trabajo conmigo como materia prima, como herramienta para la representación que pueda hacer y me gustaría seguir profundizando en la manera que puedo representar una idea poniendo el cuerpo.

-¿Cómo han ido evolucionando las ideas fuerza de tu obra?

Es algo que me sale muy intuitivamente, no lo busco. Es algo que se da cuando un artista tiene una personalidad muy fuerte y una línea de interés, de trabajo, de producto, que de alguna manera logran una coherencia que es innata. A mí me gusta mucho el cambio, aunque antes tenía temor de cambiar tanto, pero después me di cuenta que toda mi fotografía se alimentaba de mi obra anterior y que se agregaban cosas nuevas. Creo que la coherencia tiene que fluir en forma natural. Me alimento mucho de cuestiones políticas o más antropológicas que son inspiraciones, sensaciones o experiencias que te suenan en la cabeza cuando te enfrentas con la obra. Mantener la ambigüedad es importante para mí, esa cosa de incomodidad con la que no sabes cuál es mi postura; por eso a veces la gente quiere tener explicaciones sobre lo que quiero decir, pero prefiero dejar la incógnita.

-¿Ser madre modificó tu visión del arte o del mundo?

No me explico si fue el paso del tiempo o la maternidad, porque tengo un hijo de 4 años, pero también tengo casi 50 años. Tal vez son las dos cosas, porque cambié mucho. Hay algo permanente, como un eje que siento que va desde el centro de la tierra hasta el cosmos y que me atraviesa, está siempre ahí. Creo que con el tiempo te vuelves más maduro, más seguro, más autosuficiente, más independiente. Me gusta la forma en que va evolucionando mi vida. No sé cómo seguirá, pero confío en que ese eje que no cambia va a ser una fuente inagotable para seguir trabajando y produciendo cosas. Cuando me pongo a pensar en la obra y mi vida, aspiro a hacer trabajos muy diferentes, que le gusten a algunos y a otros no, porque si mi trabajo le empezara a gustar a toda la gente me preocuparía. Quiero sentirme totalmente libre de hacer, que es como siempre trabajé, no dar explicaciones. Quiero confiar en algo creativo que intocable, ese motor no creo que se detenga.