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Juventud, divino tesoro

Diseñador estrella

Por su precocidad y desparpajo, tanto creativos como histriónicos, Santiago Artemis es algo así como el Michel Jackson de la moda vernácula. Con tan solo 23 años, es el elegido de las nuevas generaciones, y las que no lo son tanto comienzan a plegarse ante la evidencia, sobre todo desde que la estrella pop Katy Perry eligiera sus diseños, haciendo que las luces del mundo se posaran sobre él.

El día no termina de decidirse entre la lluvia o el sol, mientras las nubes dudan sobre nuestras cabezas, en un pequeño departamento de la coqueta Recoleta, nos encontramos con un Santiago Artemis impecable, de gran sonrisa y que hace gala de un enorme sombrero negro de ala ancha (luego cambiará por uno rojo y más pequeño). Mientras lo maquillan para la sesión de fotos decidimos comenzar, para optimizar los tiempos, no sea cosa que se nos caiga el cielo encima. Lo que siguió es esta charla relajada con un joven talento de la moda argentina que no parece tener techo. Un chico que mientras crece con su marca, no deja de estudiar, “porque un diseñador recibido vale más que uno que no lo es”, sentencia. Delante nuestro parece desplegarse un talento nato, consciente de lo que significa el trabajo, y que venido del fin del mundo, quiere vestirnos con ideas nuevas.

 

¿Cómo nace, tan temprano, el deseo de hacer ropa?

En realidad, tenía muchas ideas que las empecé a plasmar sin tener en cuenta que podría tener una consecuencia importante. Tenía un universo propio al que la gente empezó a responder más tarde.

Dibujo desde muy chico, ésa fue mi primera forma de expresión. Y ya desde el principio dibujaba cuerpos, no autos, ya dibujaba modelos con ropa. De hecho, como dibujaba bien, hasta me adelantaron en el jardín. Aparte ya era como soy ahora, muy hablador y personaje…

Y Ushuaia era muy aburrido. La moda no existe directamente. Como en cualquier pueblo. No había gente a la que le gustara lo mismo que a mí. Recién cuando llegué a Buenos Aires empecé a encontrarme con gente afín. Allá le abría mi mundo a mi abuela. Ella le permitía cierta apertura a mi forma de ser, a mis diseños, de chico ya quería hacer ropa y ella me escuchaba. Igual, como que no lo tomaba muy en serio, recién se puso seria la cosa cuando decidí venirme a Buenos Aires a estudiar diseño. Y aunque a mis padres no les encantó la idea, me apoyaron. Tuve la bendición de saber siempre lo que quería hacer, de una manera u otra, no mi imaginaba haciendo otra cosa. Ya desde muy chico veía tele y lo que veía era ropa, los colores y las formas, Xuxa, Jem and the holograms, Sailor Moon, dibujaba todo eso que veía en la tele.

 

Algo que te caracteriza es tu histrionismo y la facilidad con que asumís el rostro de tu marca, al hacer de tu propio modelo

Sí, pero eso lo hice sobre todo al principio. Ahora no tanto. Más que nada porque al principio no conocía modelos, no tenía a nadie más que a mí. Tenía ideas y las implementaba conmigo, cuando iba a una fiesta o a algún evento al que me invitaban. Ni siquiera lo pensaba para vender. De golpe, al verme, la gente empezó a preguntar ¿quién es ese chico?

 

Ahí notaste que algo pasaba…

Sí, después me dí cuenta que era una especie de “Branding”… Pero al principio, tenía 17, 18 años, estaba recién llegado a Buenos Aires y con hombreras enormes, imaginate… No lo hice como algo pensado, y tampoco fue: “llegó el niño del sur y se rebela en la gran ciudad…” Fue algo muy natural. No soy de pensar mucho en qué pasa con la gente a mi alrededor, hago la mía y si responden bien, genial. De hecho, menos mal que funcionó bien, porque sino no sé que hacía.

 

¿En qué momento creés que se deja de hacer ropa para pasar a ser diseñador?

La facultad. Cuando hacés ropa, estás haciendo prendas sin ningún tipo de pensamiento proyectual, diseñar es plasmar una propuesta, un concepto, una idea, un lenguaje, en una prenda. Por ejemplo, un vestido de Jorge Ibañez no lo considero un diseño, lo veo como un vestido divino, es súper elegante, es alta costura pero no es un “diseño”. Porque la moldería no deja de ser clásica, y cuando algo es clásico, lo es porque no genera algo nuevo en el sentido del diseño, para mí es recién cuando comienza la innovación que comienza a jugarse el diseño en serio… Cuando ves un vestido de Comme des Garçons, de Viktor & Rolf, o de Balenciaga, tiene una propuesta bien definida y que los caracteriza. Y ojo, no es que uno es menos o más que otros por elegir el diseño en este sentido. Pero si te hago una prenda sixties, le voy a dar una renovación, una vuelta personal, un sello que digas esto es Artemis. Y eso es el diseño, cuando ves un vestido de Balenciaga lo reconocés enseguida  porque trabaja la moldería de otra manera, no hace el costadillo normal, te hace una cosa torcida, que se envuelve… O sea, se trata de hacer una búsqueda… A veces la gente no diferencia las dos cosas, las personas más sencillas o clásicas, no lo distinguen. Creen que todo el que hace un lindo vestido es un diseñador, pero no es así. Hay un diseño cuando hay una propuesta, un guiño que es tuyo, que dice: “ésta es mi intención”.

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La última colección tiene un paleta y un estilo muy definido, casi muy estricto diría, de tan ajustado a un criterio que parece. Y también me interesaba saber cómo trabajás lo masculino, que aparece, aunque en menor medida.

En realidad no diseño para hombres alfa, basic, clásicos, el mío es un hombre canchero, del tipo que se va a anima a llevar un mono de jean o prendas un poco más riskies en el país. De todas maneras, en esta última colección, me basé mucho en una temática muy estricta con respecto a dónde iba, porque se trata de una película, de un momento histórico, de una vuelta personal.

 

Sí, Valley of the Dolls, vi el video que hiciste para presentarla. Casi como que la prenda pasa a ser una excusa para la creación de otros objetos simbólicos a su alrededor.

Exacto. El video es una recreación personal, una introspección, una respuesta a la película que a su vez está basada en un libro. No quise es ser tan literal y sólo tomar los looks de la película, sino tomar la idea de la película, plasmar mi postura ante ella y surgió este concepto del camino entre la inocencia y la autodestrucción, por los personajes que terminan en las drogas; porque el término de muñecas en inglés, también hace referencia a las pastillas. Y por otro lado, me gustaba la idea de mostrar una cara un poco más intelectual. Aunque aclaro que no soy tan intelectual como otros diseñadores, que lo son mucho más, yo soy más camp, más kitch, pero en este caso sí quería ir más profundo, que no se quede en la superficie, que no se quede en mega ropa, sino que tenga una idea, quería que Valley of the Dolls fuera la cápsula en donde entrara mi colección. Y a la gente le encantó. Ahí te das cuenta que la gente responde ante cosas bien armadas, que son más estratégicas si querés.

 

¿Y qué surge primero? ¿La idea? ¿La prenda?

Nunca sé bien. No siempre es igual. En este caso estaba en Austria, pasando el año nuevo en las montañas con una amigo de allá, y me pongo a contarle la historia de la película Valley of the Dolls y ahí mismo tuve como una epifanía en la que me dí cuenta que había una colección ahí, como que vi un ascenso y un descenso que me permitían expresar los dos aspectos de mi estilo de diseño. Porque tengo que mostrar mi idea pero también tengo que vender mis vestidos, y en general mi target son los vestidos de noche, de fiesta; ahí me di cuenta que podía combinar mi costado más kitch, más sesenta border, con el otro, más sexy, más glamour, que es lo que vende más. Entonces, la película de golpe fue la excusa ideal para expresar esas dos caras.

 

Los viajes han sido una fuente de inspiración importante. ¿Cuándo fue tu primer viaje?

Sí, viajar es importante para mí. Primero viajé de chico, en familia. En esa época no era tan extravagante, era un chico normal… Alrededor de 2011, 2012, cuando empecé a vender mi marca y pude empezar a viajar solo, sin depender de nadie, empecé a ir a lugares que a mí me llamaron siempre mucho la atención y que no son los usuales para mi target, o sea, obvio que París y Londres son divinos. Pero enseguida me fui a Interlaken, Suiza, por ejemplo, o a Salzburgo, Austria, o Zagreb, Croacia, que son lugares más para abuelos, si querés, no tan turísticos o tan party. Pero a mí me generan una motivación personal muy importante, creo que tiene que ver con las montañas, me gusta mucho eso, Heidi mezclado con La novicia rebelde, me encantaba ver esos escenarios en las películas.

 

Heidi, Sailor Moon, ambos hecho por japoneses, hay algo de manga en lo que hacés también…

Re, yo era fan de animé. Incluso hace muy poco que estuve en Japón. En realidad, lo que dibujaba de chico era animé, animé con ropa. De hecho, hace poco, cuando le conté a mi familia que había ido a Japón, todos se emocionaron mucho, primero me sorprendió, pero entonces recordé que cuando era chico era muy extremo al respecto, era súper fanático de Japón, y jodía con que iba a ir a Japón y me había olvidado de eso, fue muy gracioso cuando los vi tan emocionados, porque para ellos era como que había cumplido mi sueño de infancia. Y de Heidi, nada, ¡qué decir! Fanático es poco. Fui a su casa, en la que se inspiraron para la original, la llevé a Charlotte Cannigia, fuimos de paseo por el medio de los Alpes, fue muy raro… Tuve que explicarle quién era Heidi. Le dije que era una chica que vivía en los Alpes, que era muy buena, que tenía un abuelo… pero al final, para convencerla, ¡tuve que decirle que era un lugar con muy buena energía! (risas).

 

Es notable cómo lograste instalar una marca siendo tan joven y en tan poco tiempo, imagino que mucho tiene que ver los clientes que fuiste logrando. ¿Cómo lo hiciste?

No lo sé. No lo pienso mucho. Lo que sí es que mis clientes son gente que puede pagar vestidos caros. No me resulta rentable vender un vestido barato. Tiene que tener diseño, drama. Un cliente clave para mí fue la hija de Gustavo Cerati, yo tenía 19 para 20 y le hice el vestido para los quince, después vinieron otros, como los chicos de Miranda, Juli Benegas, Valeria Maza y mucho se dio por el boca a boca. Ahora vino Ester Goris, por ejemplo, porque habló con otra actriz sobre mí. Y eso me puso bien porque a veces me pregunto si hago bien en mostrar una imagen mía tan fuerte, como que puede llegar a opacar la marca… Antes era algo natural, pero que ahora lo veo como un proceso de maduración, la gente madura de 18 a 22… (risas)

 

El episodio Katy Perry es insalvable a la hora de abordar tu fulgurante carrera. ¿Cómo se dio esa oportunidad de conocerla y diseñar para ella?

Ellos vieron mis fotos por Internet. Yo tenía un contacto por redes sociales con su estilista y como a él le gustó lo que hacía, me invitó a hacerle unos diseños, lo que yo quisiera. Me pasó sus medidas exactas y me puse a trabajar, y cuando iba a mandárselos me dice que Katy iba a venir a Argentina y que se los iba a dar yo en persona, y cuando llega me llaman de la productora, vamos al hotel, fue todo bastante burocrático, pero después sí, llegó la foto con ella, y bueno, explotó. Salí en Clarín, en Holalá, en La Nación, hasta en el programa de Fantino (risas)… Hubo bastante repercusión… Eso me dio, sobre todo, credibilidad. Porque la gente muy artística me entiende enseguida, pero a la gente un poco más snob les costaba un poco más, sé que podía llegar a parecerles medio ridículo incluso, pero cuando vieron que gente de afuera, importante, aprobaba mis diseños, empezaron a tomarme más en serio…

 

Hay un detalle o un fetiche, que hace que tu diseño se reconozca inmediatamente, hablo de las hombreras exageradas que tanto te representan, ¿de dónde salieron?

De mi fascinación con el power dressing de los ochenta, por Dinastía, la serie de TV con Joan Collins… En realidad no sé porqué la hombrera me gusta tanto, creo que hay algo que tiene que ver con la autoridad. Terminé por darme cuenta que la hombrera da autoridad. Entrás con hombreras y es como “mirenmé, estoy acá, hello”, es muy fuerte, te da power visualmente. Y no necesitan ser las hombreras de Lady Gaga, pueden ser unas hombreras de dos centímetros, pero ya te arman distinto. Creo que el hombro, todo este sector (se señala ambos hombros y parte del pecho) es un sector de autoridad… En todo caso, me gusta que mis diseños tengan personalidad. No soy de diseñar cosas tranquilas, relajadas, etéreas, no, lo mío es boom, visual, derecho, conciso, perfecto.

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