Leticia Mazur

Leticia Mazur
Leticia Mazur
 Txt: Carolina Castro

Ph: Soledad Allami

EL CUERPO MANDA

Leticia Mazur es bailarina, coreógrafa, directora y actriz. Es serena y a la vez está llena de vitalidad. Habla con la seguridad de quien está haciendo exactamente lo que su cuerpo le pide. Hay reflexión pero también fluidez y soltura. El trabajo sostenido y la potencia hecha obra han barrido todo apuro y ansiedad. Leticia estudió con Javier Daulte y Julio Chávez, fue parte de “El Descueve” y actualmente forma parte del elenco que presenta “Macbeth” de William Shakespeare, en la sala Martín Coronado del Teatro San Martín, del que también forman parte Luciano Cáceres, Mónica Antonopulos y Alberto Ajaka.

¿Por qué bailas?

Son de esas cosas que uno hace, en mi caso que hice siempre, una relación con el cuerpo que es previa a las preguntas de porqué. Puedo ahora ensayar una respuesta de adulta. Pero de muy chica había “algo” que ya estaba en el movimiento, en el cuerpo, en la acción. No había preguntas en ese momento. Muchas nenas a los 4 o 5 años tienen siempre ganas de bailar, y las mandan a hacer danza o expresión corporal. Después no todas lo siguen haciendo. Yo lo seguí haciendo.  Hay una anécdota que sintetiza este “algo”. Yo de chica hacía gimnasia deportiva. Entrenaba todos los días, había algo de mucha necesidad de movimiento y al mismo tiempo de mucha disciplina. Esa combinación siempre me gustó. Iba todos los días y entrenaba, me concentraba. Había juego, pero yo me lo tomaba con mucha seriedad. En las cenas familiares yo mostraba, como hacen los nenes, lo que aprendieron en sus clases. Pero seguía y no podía parar. Mi mamá me llamaba a la mesa y entonces yo le contestaba: "¡Es que el cuerpo me lo pide!".  Luego tuve que dejar la gimnasia deportiva por temas de salud, por consejo de mi médico. ¡No lo podía creer! Mi sensación era: me cortaron las piernas. Danzas folklóricas israelíes era lo que apareció y allí fui. Era una escuela relajada, sin ningún tipo de intención de formar bailarines. Pero yo hacía todo perfecto. En los vídeos de las muestras para las familias me ves ahí en el medio y adelante haciendo todo bien mientras las demás se acomodaban la ropa y charlaban durante la función. Mi sensación era: ¡No me bajen del escenario, quiero estar acá! Entonces: no sé porqué, pero es algo vital.

-¿Y cuando te diste cuenta que era algo que ibas a hacer por el resto de tu vida?

No fue una decisión. La decisión hubiera sido no seguir haciéndolo. En algún momento pensé en una carrera universitaria, porque me gustaba la idea de estudiar, no porque me gustara la universidad. Empecé el CBC de Filosofía cuando terminé la secundaria. Sabía que iba a ser algo secundario. Iba a estar bailando y cada tanto parar para leer o estudiar un rato. Pero las instituciones nunca fueron lo mío. Incluso las escuelas de danza, no toleraba mucho la idea de pertenecer a una institución. Me pasa que no puedo comprar la totalidad, aceptar las cosas que no me gustan o no tolero, prefiero hacer mi propia síntesis, elegir con quien quiero estudiar.

¿Y tu formación en danza?

También fue muy así. A los 15 empecé en ARMAR danza-teatro, una escuela de formación muy completa con diferentes técnicas en danza contemporánea, ballet, composición, improvisación y música. A la mañana iba al secundario y a la tarde iba a la escuela, todos los días. ¡Ya para ese entonces me habían dado de alta de gimnasia!. Fue ahí cuando empecé a conectarme con el mundo de la danza y el teatro, fundamentalmente comencé a ver obras.  Esa escuela se cerró cuando yo tenía 17. Yo quería formarme en serio y no encontraba en donde. A mí me gusta mucho el rigor y la disciplina pero al servicio de algo que me represente. Muchas instituciones de formación en danza dictan el siguiente recorrido: primero formás el cuerpo a partir de una técnica y después ves que haces con eso. Pero es el mismo cuerpo el que genera su propia forma de movimiento, su arte. No es que viene después. Yo creo que tiene que haber un aspecto de búsqueda de lenguaje y de creatividad que tiene que estar presente siempre en la formación. Sino tal vez ya sea tarde para cuando quieras incorporarlo. Igual, todo esto es muy personal. Yo recuerdo que pensaba que era imposible que salieran bailarines que me gustaran de determinadas instituciones y luego conocí algunos que me partieron la cabeza. Cada uno hace su propio camino.

-¿Recordás cual fue la obra que hayas visto que te indicará el camino a seguir?

Sin duda cuando a los 15 años vi por primera vez al grupo El Descueve. Fue con la obra “Corazones maduros”. Nunca había visto nada parecido y me sentí enseguida muy afín al lenguaje, fue de esos descubrimientos como cuando lees un libro y decís: ¡pero esta hablándome a mí!. Algo nuevo pero a la vez muy cercano. Para mí eso es el arte: cuando algo es de otros, te llega y te habla como si saliera de vos. Hay un lenguaje que nos supera y nos integra a la vez.

 

Años más tarde, Mazur trabajará con El descueve, la compañía integrada por Ana Frenkel, Carlos Casella, María Ucedo, Gabriela Barberio y Mayra Bonard que revolucionó la escena de la danza local. Será en la obra “Patito Feo”. Dos semanas antes del estreno, una de las integrantes del grupo se lesionó y Leticia se aprendió el rol. Hizo temporada en 2004 en el Teatro Sarmiento del Complejo Teatral de Buenos Aires. También trabajará bajo la dirección Casella en las obras “Guaranía Mía”(2005-2006) y “Random” (2001).

Cuando terminó el secundario, conoció a Diana Szeinblum, que recién volvía de formarse en Alemania, y comenzó a tomar clases con ella. Fue entonces que apareció la idea de salir a buscar lo que no encontraba en Buenos Aires. En la misma época conoció a Inés Rampoldi, que le habló de una escuela de formación integral en Bélgica. Así fue como Mazur, que no tenía ningún interés en vivir en otro país, armó sus valijas y entre 1997 y 1998 vivió en Bruselas realizando el programa de la prestigiosa escuela P.A.R.T.S. (Performing Arts Research and Training Studios), fundada unos años antes por la coreógrafa Anne Teresa De Keersmaeker.  Szeinblum y Rampoldi serán luego parte fundamental de la carrera profesional de Mazur. Con ellas creará “Secreto y Malibú”, obra de danza bajo la dirección de Szeinblum, estrenada en 2005 con la que recorrerían todo el mundo –de México a Singapur pasando por Brasil, Estados Unidos, Francia y España entre otro lugares- en un período de 5 años.  El programa en la escuela Belga era de 3 años, pero ella se volvió antes. 

-¿Por qué te volviste?

Sentir alegría en el momento del estudio me parece importante. Y empecé a entristecerme allá. La escuela era lo más, todo lo que yo había buscado. Si hubiera sido una chica francesa, sin duda terminaba todo el programa. Pero estaba muy lejos. Sentía que esa frialdad que comenzaba a comerme las vísceras me iba a afectar para bailar. A la vuelta empecé a ensayar enseguida “Secreto y Malibú”. Fue muy radical para mí, una experiencia profesional de tanto tiempo, de tanto viaje, muy expansiva. 

-¿Y cuál fue tu primera obra como coreógrafa?

Es difícil contestar eso porque una cosa es crear coreografía y otra dirigir. En la escuela en Bélgica hice un trabajo, lo coreografié, lo dirigí. Pero fue en el marco de la escuela, no sé si llamarlo mi primer trabajo. Más profesionalmente, como coreógrafa, fue “Secreto y Malibú”, con la dirección de Diana Szeinblum. Como directora, fue con “Watt”, donde bailábamos con Inés Rampoldi y dirigí yo y luego vino “Ilusión”, obra que dirigí sin bailar en ella. 

 

Mazur nos cuenta que ingresó al mundo de la actuación por la vía del teatro antropológico, haciendo seminarios primero con la Compañía del Odin Teatret y luego entrenando con Guillermo Angelelli. Luego estudió con Javier Daulte y Julio Chávez e hizo talleres con Gabriel Chamé Buendía, Ricardo Bartís y Alejandro Catalán. Su debut como actriz fue con la obra “Biónica”, de William Prociuk, en la que interpretaba a Yana, una mujer hemipléjica, postrada en silla de ruedas con movilidad en un solo brazo y en su cabeza. Después vinieron “Automáticos” (2008) y “Los quiero a todos” (2009) entre otros trabajos. Actualmente integra el elenco de “Macbeth” de William Shakespeare, con dirección de Javier Daulte en la sala Martín Coronado del Teatro San Martín.

-¿Y la actriz, cuando apareció?

Me es imposible separarlo. Tengo mucha formación de bailarina y muchas obras en las cuales la danza esta ahí adelante. Pero en todas las obras que hice, yo actuaba. Entiendo que el espectador, como en general el actor no baila, cree que si se baila es danza. 

Cuando dirijo también me interesa la dimensión actoral. Me imagino dirigiendo teatro. Hay algo de la mirada espacial, coreográfica y del ritmo y las dinámicas que maneja el mundo de la danza, que ya es un terreno ganado. Pero no necesariamente tiene que ser todo bailado. Me interesa unir las herramientas de lo actoral y la construcción de un personaje desde lo dramático con lo visual más plástico de la coreografía. 

Actualmente Mazur hace funciones todos los martes en el espacio Callejón de su obra “La lengua”, un solo bestial que creó, dirigió e interpreta en soledad pero rodeada de un equipo artístico de lujo.

¿En qué momento de todo este recorrido llega La lengua? 

Ahora, a cuatro meses de haber estrenado, puedo ver “La lengua” como la cristalización de un recorrido. Hay un momento en la vida, no importa a qué se dedique uno, en el que sos joven pero no tanto. La relación que tengo con lo que hago hoy, a los 34 años, es muy diferente a la que tenía a los 20 y me imagino que será muy diferente a la que tendré a los 50. No tengo idea hasta que edad bailaré, tal vez hasta que me muera. Pero tengo hoy una juventud en relación a la potencia de mi baile y mi estado físico que con los años seguramente se transformará en otra cosa.  “La lengua” es para mí una obra sin peros, sin objeciones. Hay realización escénica, mucha libertad en todas las decisiones tomadas. Pude poner en obra, materializar mis ideas. Y pude hacerlo en este momento y a esta edad.

AGENDA

LO + LEIDO

NEWSLETTER

Deseo recibir la edición online. Registrarme!