Carlos Casella

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 Ph: Gisela Filc

Txt: Daniela Casaretto

Retoque Digital: Agustín Ascacibar Balietti

THNKS: L’Hotel Palermo (Thames 1562) /  HYPERLINK "http://www.lhotelpalermo.com" www.lhotelpalermo.com

 

“¿Qué es qué?”: retrato de lo inclasificable

 

“¿Qué es ‘qué’?”, preguntó con picardía Carlos Casella porque le preguntaron qué preguntar. Entre frases traviesas de adolescente y oraciones de hombre adulto (incluido el “NAM MYOHO RENGUE KYO”, Sutra de tradición budista), fotogénico y muy tonificado, Carlos viste de impecable traje blanco y en pose Terence Stamp en la mítica Teorema de Pasolini (“¡Te la recomiendo, si todavía no la viste!”). Kitsch o espontáneo o sensual o íntimo o relajado (¿Quién sabe?... Después de todo, “¿Qué es qué?”¡quizás todo!, ¿no?-), Casella, a fin de cuentas, siempre parece conseguirlo: se hace querer… es que “sin buena onda, todo se hace mucho más difícil”. Actor, coreógrafo, director teatral, cantante, en suma, “dedicado al arte”, él está “siempre listo”, y esa es su gran virtud, pero, claro está, también su “principal defecto”. 

Dueño de una creatividad ni escrita ni pensada, este explorador ecléctico vive con intensidad el presente (¡Es que es lo único que tenemos!); provoca y abraza; ama y agradece (a su queridísima amiga Ana Frenkel, ¡mención especial! Y que Pina Bausch no se vaya a poner celosa…); admira y se inspira.   Su figura adónica danza romanticismo y erotismo. Su extravagancia opina: nada mejor que arquearse las pestañas antes de una fiesta y terminarla con pancho y lluvia de papitas fritas de madrugada.  En síntesis, ¿quién es Carlos Casella? “Preguntáselo a mi cama”.   

 

Se dice de vos (a lo Tita Merello)… ‘Desafiante’, ‘transgresor’, ‘irreverente’, ‘polifacético’, ¿qué hay de cierto, qué de ficción?


Que yo me diga ‘transgresor’, sería demasiado poco transgresor… ¿no? El título viene de afuera. Un transgresor no planifica su irreverencia, actúa, no especula con sus efectos... 

Tan a lo Facebook… ¡vean que soy transgresor! 

De hecho, el público que viene a verme, ni lo pienso, ni me condiciona. Mi obra está abierta a todo el mundo. Enroscarme alrededor del ‘qué pensarán de mí’ no es algo que me pueda ayudar a priori. No pongo el foco en ganar plata, mi carrera pasa por otro lado, muy íntimo, sino estaría fuera de mí mismo. Arte es crear un universo personal, seguir una mirada propia, experimentar con libertad… Ahora, si volviera a los ’80, mi consejo sería: “¡Carlos, cobrá más caro por favor!” (Risas).

¿No hay reglas?

Las hay, y primero hay que conocerlas para poder romperlas… pero la formación que recibí no me predeterminó, más bien me abrió caminos.  En El Descueve éramos muy rigurosos pero también muy experimentales, pasábamos horas buscando cómo romper amarras con todo tipo de lenguaje aprendido, estereotipado; era inventar en exceso… Con el grupo, pasamos por Kung Fu, Contact Improvisation, Yoga; prácticas tan útiles como la danza clásica. Durante cuatro o cinco años, nos hicimos todos súper adictos al Kung Fu, parecíamos monjes shaolines, estábamos totalmente en el personaje, fue divertidísimo.

Carlos Casella no deja de sorprendernos… (Risas).

Y yo sigo agregando cosas... Hay gente que se va especializando, yo, al contrario, me diversifico. Siempre me sentí un artista diverso, con posibilidades de ir para un lado o para el otro: danza, teatro, canto… a poco de incursionar por el cine, trabajar como actor en un thriller de Natalia Meta.

Babooshka es otro buen ejemplo de tu versatilidad…

Llevo tres años con Babooshka, es un repertorio de canciones de mujer que me encanta hacer. Sonará un poco publicitario, pero Babooshka es una buena representación de lo que soy: sobre el escenario, siento que soy yo, es un fluir muy sincero.  Me crié con dos hermanas más grandes, así que crecí en medio de un universo musical femenino: Marilina Ross, Sandra Mihanovich, María Rosa Yorio… En Babooshka, te cruzás con temas de Kate Bush, Britney Spears, Libertad Lamarque, Rocío Durcal, Gloria Trevi, Mina, Rita Pavone, Lía Crucet, Olga Guillot.

Lo de ‘polifacético’ era totalmente cierto… 

Es que me cansa hacer sólo una cosa a la vez, me genera mucha tensión, por eso hago varias cosas a la par: aunque suene paradójico, me relaja. Un día me di cuenta de que estaba usando mal el tiempo, al doble de lo necesario. Tenía la sensación de ser un vago porque rendía poco, pero, a su vez, sentía que no podía dar más. Entonces, empecé a probar hacer varias cosas a la vez y me dio resultado. El tiempo es muy subjetivo, muy flexible, elástico, es una percepción. Quería hacer muchas cosas y entendí que podía hacerlas todas: ser muchos Carlitos en lugar de uno solo.  

Privilegio de pocos, disfrutar tanto del trabajo… 

Casi todos los proyectos en los que estoy son autogenerados, parten de ideas mías, tengo casi absoluta libertad para hacer lo que yo quiera. De no ser así, me sentiría incómodo, no podría hacerlo. Si me meto en algo más estándar o muy comercial, desaparezco, me trago a mí mismo, siento que me vuelvo poco interesante o que pierdo profundidad: es ocupar un lugar que podría ocupar cualquiera.

Hay que tenerse fe en lo que uno hace, después, cuando sale bien, se agranda todo, le pone lupa a todo...

¿Y cuando no?

… Y cuando sale mal, hay que evaluarlo de manera sutil. El budismo enseña que no hay cosas que salgan mal. La condición de uno no pasa por superponer momentos placenteros, sino también por observar sutilmente los “errores”. David Lynch decía que ‘Duna’ fue su mayor frustración y, sin embargo, fue donde más aprendió: después de eso ya nunca más le tuvo miedo al fracaso, perdió el miedo. 

¿Sos budista?

Desde los 15 años… El budismo no tiene que ver con algo cool, es una gimnasia del alma, pero también una filosofía de vida, más cerca de lo científico; una práctica con resonancias en lo tangible y en lo intangible, en un lugar más místico, íntimo, espiritual. Somos envases de fuerza vital, sembramos semillas potenciales todo el tiempo a través de nuestras acciones. Muchas religiones sostienen esta idea, el problema es que, a veces, están mal traducidas. 

Eso mismo pensó Lutero…

Hay que tratar de ser flexibles. La idea no es fanatizarse en cómo nombrar las cosas: muchas veces peleamos sin darnos cuenta de que estamos hablando de lo mismo. 

¿Qué te inspira?

Otras obras, y las personas atrás de esas obras… Pina Bausch por ejemplo. Es misteriosa la inspiración, creo que pasa por necesidades internas, por el deseo… El deseo es la fuerza que lleva a los artistas a crear realidades, nuevos mundos, utopías, universos poéticos. Nos arrastra el deseo de que algo exista, es lo que nos mantiene vivos, en movimiento.

Por lo que veo sos un hombre con muchos deseos… ¿cuáles?

¡Qué difícil! … Sueño con tener un enorme jardín. Adoro las plantas, pero no llego a dedicarles demasiado tiempo. Ahora me agarró un raye con las suculentas, los cactus y las orquídeas. Casa que piso, casa en la que me armo un jardincito. 

¿Otra asignatura pendiente? 

La escultura… de chico trabajaba en un taller de escultura como asistente de un escultor. Son cosas que practico en formato chico, pero que me gustaría hacer a otra escala.

¿Por qué crees que la danza es un tanto border frente a otros espectáculos? 

La danza no es una comida que se coma tan rápido, no es fast food; te sumerge en un viaje poético, muchas veces abstracto, uno se tiene que entregar sensorialmente. Hay propuestas geniales que no llegan a ser populares, justamente porque no están preparadas como una hamburguesa: nadie te explica qué sentir, ver o pensar; a veces el exceso de explicaciones desvía. La danza te somete a viajes internos; mundos de formas, luces, colores y movimientos sugestivos, no muy racionales. Las personas deberían poder consumir danza con más facilidad; es parte de la naturaleza humana, el cuerpo necesita bailar, mover sus posibilidades articulares.

Así que podemos dejar de creer en los que dicen: “Yo no bailo”.

Para los contemporáneos bailar puede ser todo; correr es bailar en algún punto. Me encanta trabajar con actores que no tienen formación en danza y experimentar con lo que traen sus cuerpos, divisar qué es lo que ofrecen, porque todos los cuerpos traen mucha información inscripta.  

Convocás mucho público joven… ¿por qué crees?

¿Me siguen los jóvenes? ¿Será porque tengo buen cuerpo? (Risas). 

Puede tener que ver con la iniciativa de probar siempre cosas nuevas, integrar lo diverso. Me encanta trabajar con gente que ya armó sus propios universos: llamar a Pablo Ramirez para la ropa o a Diego Vainer para la música; son otros universos que también giran en el mío.  Ahora que pienso, la astrología me dice ‘en condición de eterno adolescente’... búsquedas, inquietudes, pulsiones, movimiento, no puedo estar quieto. Igual aspiro a que me sigan todos, no solo los jóvenes… 

¿Sos muy auto-crítico con lo que hacés?

No de mis obras, a ellas las dejo bastantes tranquilas, soy más auto-crítico de mí mismo. Me distancio mucho de mis obras cuando están terminadas, las miro como si fuesen de otro y apenas creo que haya sido yo el que hizo todo ese trabajo. Siempre me siento como si fuera la primera vez, como si empezara de cero, como si no supiera nada de nada y tuviese que aprender todo de nuevo: otra vez comprender, otra vez ponerme de acuerdo conmigo mismo, otra vez convencerme y tener fe. Yo confío mucho en lo intuitivo y no tanto en lo racional, por eso suelo mantener mis caprichos arriba del escenario. No hay una fórmula, siempre es un desafío nuevo, y cada vez que empiezo otra obra pienso: “Uy, esta vez sí se van a avivar de que no sé nada” (Risas).

¿Cómo viviste la separación de El Descueve?

Se terminó en el mejor momento. No nos separamos por un fracaso interno, al principio la idea era un impasse, pero ya pasaron 6 años. Todos teníamos ganas de probar otras cosas, armar otros equipos, fueron 17 años de trabajo constante.

Entre tantas experiencias, conocemos los aciertos… ¿hubo frustraciones? 

Casi en todas las obras. ¡En el medio! ¡Siempre! Hay un punto en la mitad en la que me digo: “Basta, no voy a poder con ésto”. Lo bueno es que, a medida que pasa el tiempo, la sensación se hace más suave, se diluye… El miedo es un gran enemigo, pero a la vez puede ser un gran aliado, porque te hace batallar, te moviliza: todo depende de cómo se pare uno ante las cosas y no de la dimensión de las cosas. 

¿Tu miedo?

¡Que todos se den cuenta de que no soy lo que soy! Mentira… ya no me da miedo, (risas) ya saben… me da mucho miedo tener panza, me aterra la buzardita.

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